Peleas de perros (alerta, imágenes duras)

Las peleas de perros resultan un negocio millonario para quienes las organizan y se caracterizan por su extrema crueldad con los animales

-Las peleas de perros son ilegales en España y se contemplan como delito en el artículo 337 del Código Penal español. Así que, quien las practica, puede enfrentarse a penas de hasta un año de cárcel. Las peleas de perros generan sufrimiento de animales dentro y fuera del ring. Para que dos perros peleen, antes han tenido que entrenarse con otros de menor fuerza y tamaño. Con ellos desarrollan su agresividad y potencia, lo que genera una red de robos de perros para usarlos como sparrings.

Las peleas de perros suponen uno de los casos de maltrato y crueldad más extrema con los animales. El abandono no se queda a la zaga, y también es una de las situaciones más traumáticas para un perro. Pero en el caso de las peleas de perros, los animales se consideran como meros números a los que explotar. Una vez que mueren o acaban demasiado heridos para continuar en el ring, son sacrificadosy se les repone por otros, como si se tratara de repuestos para usar y tirar.

Adiestramiento duro y cruel

El entrenamiento de un perro que va a combatir en un ring con otro congénere comienza a los tres meses de edad. Ya de cachorro se le hostiga de manera continua contra otro perro, pero sin llegar a soltarle.

Los perros que son víctimas de estas crueles peleas dependen de la responsabilidad de los ciudadanos que son testigos de estas prácticas.

De esta manera, se pretende desarrollar su agresividad lo más posible. El entrenamiento de estos perros se centra mucho en sus mandíbulas, que se intentan fortalecer lo más posible. Para conseguirlo, uno de los métodos que se emplean es colgarle por la boca a una goma o trapo, que está a dos metros de altura.

Una vez que el perro tiene año y medio de edad, se le obliga a pelear con otros perros más pequeños que él. Se pretende que los pueda matar o vencer con facilidad para conseguir que aumente su autoestima y agresividad. A medida que el perro crece, se le enfrenta a perros de mayor tamaño. Por ejemplo, si se trata de un Pit Bull (una de las razas más utilizadas para peleas) se le enfrenta a un Rottweiler o a un Pastor Alemán, que sirven como sparrings. A los dos años, y tras este duro entrenamiento, se considera que el perro ya está preparado para destrozar a otro en un ring.

Las peleas de perros se organizan en lugares recónditos y se rigen por unas normas muy estrictas que se escribieron hace 100 años. Se denominan las normas de “Cajún” y Consisten en seguir un ritual que consiste en: Pesar a los perros, lavarlos con agua y enjuagar su cuerpo con leche, para así neutralizar cualquier sustancia tóxica con la que se haya podido impregnar la piel del perro, para que el contrincante caiga abatido con más facilidad. Por último, en este macabro ritual, se examina si los perros han ingerido somníferos o alguna sustancia excitante.

Los perros combaten en un ring, que es un cruadrilátero de tres por tres metros de ancho, donde se les hostiga para que peleen entre ellos. Es entonces, cuando comienza el espectáculo bárbaro y cruel en el que los perros luchan por sobrevivir. Es tal la agresividad que les obligan a desarrollar a estos perros, que sólo les pueden separar con una cuña de madera que introducen entre los dientes y que se gira.

Pit Bulls, los preferidos para pelear

Los perros de raza Pit Bull son los más utilizados para esta práctica cruel. Se trata de un animal con mucho carácter, coraje y valor. El Pit Bull es un perro de carácter equilibrado que no es un asesino en potencia. Su forma de ser dependerá de cómo sea educado por sus dueños. Si se fomenta su agresividad, el perro acabará siendo “una máquina de matar”, pero si se le trata con cariño y respeto, será un excelente animal de compañía.

 

Desenfreno de violencia

Los Pit Bulls no suelen morir por las heridas que se producen en el combate, que son profundas y tardan tiempo en cicatrizar, sino por el colapso que se produce al mantener un esfuerzo prolongado y excesivo. Hasta tal punto llega la falta de escrúpulos de los organizadores de estas peleas de perros, que cuando el perro está malherido en el ring y no puede continuar con la pelea, no le retiran. La finalidad es desechar al perro que ya no podrá volver a pelear por las heridas sufridas y dejarle morir en el ring lentamente.

Las leyes de protección animal de las distintas comunidades autónomas recogen como falta muy grave la organización de peleas de perros. Por ejemplo, en el caso de la Comunidad de Madrid, se sancionan con multas de más de 12.000 euros y se especifica: “la utilización de animales en espectáculos, peleas, fiestas populares y otras actividades que impliquen crueldad o maltrato, puedan ocasionarles sufrimientos o hacerles objeto de tratamientos antinaturales”.

La importancia de denunciar

Los perros que son víctimas de estas crueles peleas dependen de la responsabilidad de los ciudadanos que son testigos de estas prácticas. Es importante denunciar este tipo de prácticas.

Las leyes de protección animal de las distintas comunidades autónomas recogen como falta muy grave la organización de peleas de perros

Lo que nos puede hacer sospechar, de que en un lugar se celebran este tipo de peleas es, por ejemplo, detectar demasiado trasiego de personas, que se reúnen con perros, sobre todo si son de razas como Pit Bull o Bull Terrier.

En este caso, se puede dar aviso al Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil, Seprona, en el teléfono gratuito 062. Frente a lo que se pueda creer, estas peleas las organizan personas con un alto nivel de vida y no por parte de reductos marginales de la población.

 

Por último os dejamos un artículo muy interesante sobre las peleas de perros en españa:

Fauces contra fauces

Corría el año 2000 cuando me planteé como reto hacer un reportaje sobre peleas de perros. Era uno de esos temas cuyo conocimiento me apasionaba alcanzar por lo que tenía de salvaje, de atávico, de oculto y, por qué no, también de arriesgado.

No me resultó fácil llegar hasta personas pertenecientes a este submundo, cómo es fácil de imaginar. Hube de pasarme algunas semanas recorriendo barrios marginales y tratando de ganarme la confianza de los vecinos menos recomendables, pues quienes se dedican a este tipo de actividades ilícitas –las peleas de perros y las correspondientes apuestas– en no pocas veces tienen vinculación con otras prácticas delictivas, como el tráfico de estupefacientes. De hecho, las pautas de seguridad que se suelen seguir son muy similares en unos y otros casos.

El resultado de aquella investigación se publicó en julio del 2000 en la revista XL El Semanal, que se distribuye con todos los periódicos del Grupo Vocento, y causó una gran conmoción en algunos ámbitos, como los de las asociaciones protectoras de animales.

Yo estoy especialmente satisfecho del reportaje, pues era –creo– la primera vez que un periodista español se introducía de tal forma en este mundo y, a día de hoy, considero que no se ha vuelto a hacer algo similar en nuestro país.

A modo de advertencia para las personas especialmente sensibles con el sufrimiento de los animales diré simplemente que no es un reportaje agradable.

Un abrazo, y gracias a todos.

(El perro atigrado es ‘Bull’, en uno de sus combates, del que salió vencedor).

‘BULL’, EL PERRO ASESINO

«Un pitbull muerde con los huevos». Rafael –el nombre es supuesto– no ha olvidado el día en que escuchó por primera vez esa sentencia. Fue hace una decena larga de años. Una personalidad proclive a la violencia, una cierta afición a las apuestas y la compañía habitual de sujetos escasamente recomendables le habían conducido a iniciarse en las peleas de perros. Era un novato, un ‘patas’ que  comenzaba a aventurarse en un  mundo sórdido y brutal donde no existe la razón, sino el instinto en su estado más puro, y no se conocen otras leyes que el valor, la fuerza, el dolor, la sangre y la victoria. O la derrota. y con ella, muchas veces, la muerte.

Rafael era un novato, pero tenía un buen perro. Una bestia de sesenta kilos, cruce de mastín y bóxer, capaz de partirle el cuello al tipo más bragado a una orden de su dueño. Y lo había probado con éxito en un par de combates con otros perros en poblados de chabolas de cercanas localidades. En unos minutos tendría una buena oportunidad de seguir acrecentando su fama en la comarca. Tocaba pelea, el ‘ring’ estaba montado y dispuestos para acoger la riña y el rival ya sacaba su perro del maletero del coche. Pero a Rafael no le gustó lo que vio.  «Guarda ese chucho ahora mismo, o te empiezo a dar de hostias». No había doble sentido en sus palabras. Decenas de contactos y llamadas clandestinas, citas en aparcamientos públicos, unos preparativos y unas precauciones propias de un intercambio de cocaína…, y todo se iba al garete por un payaso que había tenido la ocurrencia de presentarse al encuentro con un animal que no levantaba dos palmos del suelo y que, pese a ser robusto, ni de lejos alcanzaba los veinte kilos. Tres veces menos que su ‘Felipe’. Cierto que el bicho tenía una cabeza como un ladrillo y unos músculos maxilares tremendamente abultados, que le daban la apariencia de estar masticando dos pelotas de tenis. Además tenía algo en la mirada… Pero no, aquello era ridículo. «Guarda el chucho, que te ‘ahostio’. Y vamonos, que ya sólo falta que llegue la pasma».

«El perro es bueno –le respondió–. y se lo echo al tuyo sin que haya apuesta». La media sonrisa y la suficiencia con las que aquel tipo acompañó la frase colmaron la paciencia de Rafael, que liberó a su perro sin aguardar la preceptiva señal del árbitro. La pelea duró dos minutos. Tiempo suficiente para que el mastín le arrancase de un bocado medio hocico al otro animal; tiempo suficiente para que el chucho se liberase de esos colmillos y, con una furia ciega, lanzase sus fauces contra el pecho y el cuello de ‘Felipe’; tiempo suficiente para que hiciese presa y comenzase a triturar huesos, músculos, vasos, tendones y nervios con metódica pero implacable determinación; tiempo suficiente para ver el terror escrito en los ojos del gigantesco can; tiempo suficiente para comprender que ahí delante había un animal único e invencible  porque no conocía el dolor ni el miedo… «Tu perro muerde con la boca. Mi pitbull muerde con los huevos». Ese día Rafael perdió una pelea, pero aprendió una lección que  desde entonces aplicaría a las riñas de perros y a su propia vida. A la hora de morder, de golpear o de matar, pesan siempre más dos huevos que dos mandíbulas, dos puños o dos pistolas.

Hoy forma parte de la élite, de un ‘selecto’ club constituido por ocho o diez individuos, no más de una docena –algún conocido empresario, un par de traficantes de heroína, un picapleitos, un funcionario….– que controla el mundo de los combates ilegales de perros en España. «Peleas de verdad hay muy pocas –advierte Rafael–; no más de dos o tres cada año. Otra cosa es que unos desgraciados, de repente, cojan dos perros de mierda y los pongan a darse cuatro mordiscos. De ésos hay muchos. Pero una pelea como Dios manda…, de ésas hay bien pocas».

Para tener una pelea de verdad hay que tener dos perros de verdad. Dos ‘champions’, en el argot. Dos asesinos. Y no es fácil convertir en asesino a un perro noble, amante de los niños y fiel hasta dar la vida cien veces por su amo, como lo es cualquier pitbull. No es fácil por más que el animal lleve inscrito en su código genético un odio atávico e irrefrenable hacia los otros perros, por más que posea una mandíbula inconcebible, por más que tenga una potencia muscular incomparable… Para lograrlo hay que ser más animal que el propio perro. Y Rafael lo es. Y tiene un método infalible. Y es capaz de aplicarlo porque carece de escrúpulos.

«Yo le llamo –explica– la prueba de la supervivencia. Es sencillo. Consiste en atar al animal al aire libre, a pleno sol, sin comida ni agua, durante siete u ocho días. Si vive, si después de todo eso aún quiere vivir, será capaz de todo. Matará por vivir».  No habla en balde. Lo ha visto. Lo ha visto hacer a su perro, a ‘Bull’, el mismo que acabaría convirtiéndose en campeón, cuando después de cinco días amarrado a una cadena, hambriento, deshidratado, exhausto, todavía tuvo cojones para abrir unos eslabones gruesos como un dedo humano, lanzarse como un diablo contra un pastor belga y destrozarle el cuello en pocos segundos. «Cuando llegué a casa, le había devorado la cabeza», rememora. ‘Bull’, tendido patas arriba, saciado de sangre, ronroneaba como un gato.

Una vez sometido a la prueba, con no más de un año, llega el momento de conocer cuánto de bueno hay en sus genes. «El pitbull auténtica nunca huye. Si lo hace, si se achanta, es que no es puro, no tiene buena sangre. Y es mejor dejarlo, venderlo.». La primera ‘topa’ da la medida de su raza. No es mucho más que un contacto entre dos perros jóvenes, que son separados antes de que lleguen a herirse gravemente, en cuanto han dejado constancia de su fiereza y de su ciega disposición a matar al oponente. «Eso es lo que alguna vez se ha visto en televisión: alguna topa de dos perrillos. No hay ni sangre. Y a eso le llaman pelea y lo presentan como una barbaridad. Muy poca gente ha visto una pelea de verdad», comenta, entre risas, Rafael. Y es que de las peleas de verdad no se suele tomar imágenes. Y si se toman alguna vez, son destruidas de forma inmediata. Y si no se destruyen, jamás salen a la luz. Jamás. Hasta que un día salen.

En el submundo de las peleas de perros todos se conocen entre sí. Y las noticias vuelan. Los resultados de los combates se conocen en horas y la fama de un buen perro, que haya convertido a un ‘champion’ en sanguinolenta pulpa, corre como la pólvora. No tardará en surgir quien rete a su dueño desde cualquier parte de España. A veces desde Alemania o Bélgica. La pelea será fijada con las máximas garantías de seguridad y siempre con varios meses de antelación. Meses en los que el animal será sometido a un entrenamiento propio de un gladiador. Pues no en otra cosa se ha convertido ya el perro. Llevará una dieta muy nutritiva, a base de arroz blanco con verduras hervidas y pienso de alto poder energético, y cada día se le arrojará a una piscina hasta que sea incapaz de dar una patada más al agua para mantenerse a flote. O forzado a correr tras una moto a lo largo de diez o quince kilómetros. «Yo les ato además al hocico una pieza de hierro de seis kilos, para que tengan que ir haciendo fuerza con el cuello y no den con el morro en el suelo. Se les pone el pescuezo como el de un toro».

Para aumentar la ya descomunal potencia de los maxilares, se les obligará a morder un neumático de coche, previamente atado a una viga o a la rama de un árbol, y se les dejará colgados durante doce o quince minutos. Aunque el método es sobradamente conocido en ese mundo, Rafael le añade el elemento diferencial, su firma: «Cojo una vara de olivo y lo hincho a palos mientras está colgado de la boca. No se suelta; al revés. Sólo se retuerce con  más rabia y muerde con más fuerza».

El resultado de tales torturas sólo puede ser uno. Constituye un hecho científicamente probado que detrás de no pocos agresores sexuales, de hombres que han hecho de la violencia su principal argumento o su forma de vida, se oculta una infancia repleta de abusos, palizas, incomprensión y vejaciones. Nada muy diferente se esconde tras un perro asesino. Sólo un amo despiadado. Y ‘Bull’ es un perro asesino. Como lo fue ‘Fly’. O la perra ‘Aluja’, que se hartó de partir patas en los rings. O ‘Red’, el can murciano al que la gloria no le duró muchos meses. O ‘Guoyacá’, uno de los primeros pitbulls del circuito, al que un adinerado hombre de negocios se trajo de Estados Unidos, hace una década, y que fue dejando un rastro de sangre es desiguales peleas por el sureste español. O ‘Dólar’, que se ganó el apelativo cuando propició en Bélgica que su amo se embolsase un millón en billetes con el rostro impreso del bueno de Abraham Lincoln. O ‘Chicago’, comprado en M´México, que ganó tres peleas de máximo nivel en España antes de quedar convertido en un despojo entre las mandíbulas de ‘Bull’, el protagonista de nuestra historia. O ‘Bimbo’, un perro sin rival, sin comparación posible, el único al que jamás se le fue un rival vivo.

«Era impresionante –recuerda Rafael–. Se lanzaba al pecho y destrozaba las costillas, los pulmones, el corazón…». Hace tiempo que no se sabe de él. Pero España está llena de hijos de ‘Bimbo’ y de dueños irresponsables y cruentos dispuestos a convertirlos en lo mismo que fue su progenitor. Y a curarlos y alimentarlos mientras el ring no dicte  sentencia condenatoria. Cuando eso ocurre, unos pocos son sacrificados. «Pero lo normal es que sean vendidos. ¿A quién? A gente que tiene ganas de tener un perro con apariencia de fiero y que no sabe a qué se le ha dedicado hasta ese momento. Claro, je, je, un día se les escapa y se come a otro parro».A veces se comen a un niño.

 

LA HORA DE LA VERDAD

Una riña de perros está regida por unas normas tremendamente rígidas y de obligado cumplimiento. Acordada la fecha del combate, se designa un árbitro, que recibe del dueño de cada contendiente una señal a cuenta, que rara vez supera las 50.000 pesetas (300 euros).  Después se elige la ciudad en la que se celebrará la pelea –siempre el lugar en el que reside uno de los apostantes– y se prepara con las máximas precauciones el emplazamiento del ring: una nave industrial, una finca rústica… El ring es una especie de cuadrilátero de unos 16 metros cuadrados, delimitado por paredes de madera y con el suelo de cemento o moqueta.

«Sólo una persona sabe dónde se celebrará el combate –explica Rafael–. Lo más habitual es fijar una cita en un parking y que todos sigan en coche al organizador. De esa forma se evitan posibles filtraciones».

El primer acto consiste en pesar a los perros, porque en estos combates ‘oficiales’ no puede haber una diferencia de más de 300 gramos entre ellos. Si uno de los canes se excede del peso inicialmente fijado, su dueño pierde la pelea y el dinero entregado a cuenta. Si no hay contratiempos, se fijan las apuestas, que han llegado a alcanzar sumas multimillonarias, y perros, amos y árbitro se introducen en el ring.

A la voz del juez, los animales son liberados y se abalanzan uno contra el otro como dos locomotoras. El primer impacto es brutal. Los canes ruedan por el suelo con las mandíbulas entrecruzadas mientras pequeños hilillos de sangre que brotan de sus fauces tiñen de púrpura el suelo del cuadrilátero.

Se escuchan los gritos de aliento de los dueños, pero estremece comprobar cómo los perros cómo éstos se atacan con una fiereza sorda. No ladran, no gruñen, jamás aúllan de dolor. Muerden, machacan, destruyen, trituran en silencio, sin permitirse el menor gasto de energía que no vaya dirigido a herir al adversario. A matarlo. El único sonido perceptible es el resuello de sus gargantas.

Las peleas no son rápidas. Nunca lo son. Pasan los minutos, las presas se eternizan, el suelo se va trasformando en una resbaladiza superficie cubierta de sangre, sudor y babas; el hocico, las orejas, la lengua, los belfos y el cuello de los canes van adquiriendo la textura y el color de una hamburguesa, y la lucha no cesa.

De cuando en cuando, uno de los dueños se aproxima a la boca de su bestia y le sopla con fuerza, en un vano intento de oxigenarla. «Con dos animales bien entrenados, lo normal es que las peleas superen la hora de duración». Cuando el árbitro percibe algún síntoma de debilidad en uno de los perros, o interpreta que está rehuyendo la pelea, da la orden de parar. Los animales, como púgiles ensangrentados, son separados con ayuda de unas largas estacas de madera o ‘cuñas’, que les son introducidas en la boca para que suelten la presa, y conducidos hasta un rincón, donde se les refresca rápidamente con una esponja empapada en agua.

Después se le vuelve a encarar y si aquél suya disposición a pelear ha sido puesta en entredicho ataca, la pelea se reanuda. Este ritual se llama raya o ‘scruff’ –en el mundo de las peleas suelen pronunciarlo ‘scrach’–, expresión que parece proceder del inglés ‘by de scruff’: ‘por el pescuezo’, que es como se sujeta a los animales.

El combate finaliza cuando uno de los perros renuncia a atacar o, menos usual, con su muerte en el ring. Sea cual sea el desenlace, los dos canes quedan como un guiñapo. Y es que cualquiera de estos animales se dejará convertir antes en picadillo que rehuirá la pelea.

Fuente 1 , Fuente 2

Autor: Canis

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6 Comentarios

  1. CERRO TOLERANCIA A LAS PELEAS DE PERROS

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  2. causa horror ver que tan cruel son estas peleas digamos basta a tanta cr
    ueldad

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  3. os que promueven y hacen de esto un negocio son asesinos, son delincuentes porque violan la ley de protección animal. hay que denunciar para que paguen por ello!!!!!!!!!!!!!!!!

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  4. Porfavor tengan un poquito de cordura son sere vivos y dense cuenta que tienen mas sentimientos que muchos de ustedes alto alas peleas de perros

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  5. que no chinguen los que los pelean que alguien toque a mi perro y le parto su madre y me transformo en un pitbull segado de coraje
    tambien

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